sábado, 7 de junio de 2014

Calma chicha





Pasan los días y Boris sigue sin haberse dejado notar como se preveía por la zona. Boris es una tormenta tropical que venía del Pacífico e iba a campar por sus anchas por nuestro Istmo de Tehuantepec. Pero no. Boris nos ha dejado unas pocas lluvias y un permanente cielo cubierto pero no sabemos si eso responde a Boris o no. No sabemos mucho del tema. El jueves cerraron las escuelas como medida de preventiva y a alguno que otra nos pilló por las deterioradas calles de Ciudad Ixtepec saltando charcos bajo la esporádica e irregular lluvia.



Vivimos en una calma chicha muy mexicana. O no. No podríamos decir si en México se siente eso de la calma chicha. Boris y el tren están jugando con nuestra paciencia. Esperamos que llegue algo y ni viene ni deja de venir. Boris no se sabe si está, si viene o se va, y llevamos esperando el tren desde hace una semana. La calma chicha se convierte en nerviosismo tenso cuando esperas más de dos o tres días la llegada de La Bestia porque sabes que la próxima vez que aparezca vendrá más llena que de costumbre porque se va acumulando gente para montar en ella. Las últimas previsiones, de hace un par de días, indican que hay más de 2000 personas en Arriaga esperando montarse en ella. Pero claro, son previsiones de hace dos días y aquí el tiempo es oro y la calma chicha trastoca los planes.

 

¿Por qué no llega La Bestia? Se han dado circunstancias que indican mucho cómo funcionan las cosas entorno a ella. Descarriló cuando salió de Arriaga. Algo más habitual de lo que parece, por muy tremendo que parezca. La empresa que gestiona los trenes manda una grúa que remolca a La Bestia cuando descarrila y la vuelve a poner en funcionamiento. Ahora parece que la grúa también ha descarrilado. Es imposible aburrirse en México, sin duda alguna.



Todo estos son temas que pierden gracia contados desde lejos. Realmente son temas que no tienen gracia. Pero son temas de los que hablamos cuando la calma chicha se hace insoportable. Otro tema sería debatir porqué se llama Boris a esta tormenta tropical si casi todas tienen nombre de mujer, o si la grúa remolcadora de La Bestia se llama de alguna manera como casi todos los grandes aparatos que acometen obras o importantes movimientos funcionales. Esas cosas que pasan por la cabeza cuando la calma chicha no te deja pensar con claridad mientras llueve sobre mojado...





martes, 3 de junio de 2014

"Si controlas tu viaje serás feliz..."




“Si controlas tu viaje
serás feliz”
(El tren, Leño)





Nadie controla un viaje a lomos de La Bestia. 
Nadie. 
Ni siquiera el que ya ha viajado varias veces encima.

Nadie será feliz, mientras dure el camino. No debe serlo, no se debe descuidar.



Pero, sobre todo, nadie se puede permitir el lujo de pensar que va a controlar el viaje. Ni siquiera el que ha pagado mucha plata por un coyote o un pollero que le guíe y proteja. El tren iguala a todos bajo la dictadura de La Bestia. Nadie viaja mejor por traer más dinero. Ninguno tiene un mejor viaje por estar más o menos acompañado. Los niños y los mayores no tienen preferencia, más bien todo lo contrario. A las señoras no se les cede ningún sitio por caballerosidad ni se les tiene un trato cortés si no que tienen más dificultades que los hombres simplemente por el hecho de ser mujeres.
Nadie puede controlar el viaje.



El otro día, al regresar a Ciudad Ixtepec, un niño se cayó del tren cuando este paró y reculó como suele hacer al llegar a destino. Es un movimiento que toma de sorpresa a los que van subidos en La Bestia y que al oírlo sientes una punzada en la espalda que no sabes muy bien por qué te aparece. El niño cayó y su madre saltó rápida a por él para evitar que el tren le aplastara al pasarle por encima. El resultado fue que el niño perdió el pie y la madre la mano cuando lanzó su brazo para rescatarlo. Hubo quién lo vio a pocos metros y no quiere hablar de ello. Otros piensan que pocas cosas de este tipo observamos en primera persona para la frecuencia con la que vemos pasar el tren.


El ruido del tren aterra por lo que significa. Me gustaría contar una historia a caballo entre “ElTren” de Leño y el “El Chacachá del tren” de El Consorcio, pero a día de hoy solo me queda la idea de transmitir de que nadie controla un viaje a lomos de La Bestia. 






“El tren
después de latir a velocidad
ya va lento a su final
casi tú sabes cuando va a parar
si controlas tu viaje serás feliz.”
(El Tren, Leño)




B.S.O. I: "El Tren", Leño.
B.S.O. II: "El Chacachá del tren", El Consorcio.



sábado, 12 de abril de 2014

La historia de Armando


Echo mucho de menos a Armando. Pero mucho, mucho. Encender el altavoz del albergue y vocear aquello de “Armando Medina acuda a la oficina” para que viniera corriendo a ver si le llamaba su abuela desde Estados Unidos, o si era una broma mía para echar un rato con él.

Cuando llegué al albergue, él ya estaba allí. Cuando me fui, allí seguía. Pero a día de hoy ya está en México D.F.. Al fin pudo marchar. Ya puede empezar a perseguir sus sueños. Con todo lo que le ha costado. Estoy muy feliz por él y me encanta saber que todo le va bien. Como a él le gusta saber de mí, aunque ese no sea el caso. El caso es que esta quizás sea la historia que más me ha costado escribir, pero de la que más contento me siento porque veo que tiene un final feliz y va camino a ser cada vez mejor.

Armando cumplió un año en el albergue el 13 de Marzo. En un proceso ilógico, terrible y desesperante.



Tres veces se había parado su proceso de regularización y asilo en México cuando ya ha puesto la huella, por errores. Se equivocaban de trámite. La burocracia mexicana le ha jugado malas pasadas. Por inutilidades o problemas ajenos a su situación. Él era para la administración un simple expediente, pero detrás de eso estaba Armando, el chico del pelo rizado que se ha tirado un año en el albergue cuando al mes y pico debería haber tenido sin problemas la tarjeta de residencia permanente. Por refugiado. Por haber pedido asilo. Por haber denunciado. Pidió asilo político y no puede regresar a Honduras porque si vuelve le matan. Es así de simple y con ello sus papeles deberían haber llegado rápidamente.

En los últimos tiempos que compartimos, hablamos de lo desesperante que es ver a gente llegar al albergue, pedir papeles, hacerse amigos, irse, regresar, volver a irse... Y él seguir allí. Pero egoístamente, a mí no me molestaba. Armando es una de las personas con las que gusta estar. Es uno de esos personajes sin los que el albergue seria completamente diferente. Yo no lo he vivido y ahora me alegro de saber que ya ha partido y está feliz. Porque hubiera sido muy duro despedirme de él allí, a pesar de la alegría que me produciría el hecho por lo que significaba para él. Cosas de egoístas sentimentaloides, no me lo tengan en cuenta.




Es hondureño. Como a tantos otros, le quisieron reclutar para el narcotráfico. Mister Bean, un personaje clave en su historia, metió cizaña en las pandillas por no conseguir que Armando quisiera unirse a ellos. Armando trabajaba supervisando fincas cafetaleras del gobierno. Vivía bien. En aquellos tiempos llegó una americana por la zona y el vato (Mister Bean) le empezó a tirar pero ella no le hizo caso. Armando regresa a su zona y cuando vio a la morra, bien linda, se perdió. Como tantas veces. Es un seductor nato, siempre alerta y activo. En dos o tres días, la americana y él se hicieron novios. Fue lo primero que empezó a marcar las distancias entre Mister Bean y él. Su negativa a trabajar con ellos, ahora el “robo” de la chica... Algo insoportable, algo que merecía castigo.

Volvió a salir a trabajar y se fue a supervisar una plantación en la frontera con El Salvador. Su abuela, la única familia con la que vivía, que pasa seis meses en Honduras y seis meses en EEUU, le dijo que en su colonia, La Suazo, Córdoba, se estaba diciendo que era informador o cobrador de la 13, la Mara Salvatrucha. En su zona domina la 18. Volvió con urgencia. “Te han visto en San Pedro Sula (Mayoría de la 13) cobrando impuesto de guerra. Mr. Bean te ha visto”. Era evidente que había algo personal en todo. La chica, el desprecio que le hizo a Mister Bean desde que no quiso ser parte de los suyos con el tema del narcotráfico... Todo estaba complicado.

No debería ser así. Armando llevaba una buena vida. Después de muchos bandazos. Después de muchos viajes al norte. Consiguió un buen trabajo. Hizo labor para el Partido Liberal. Les ayudó en la campaña porque luego les darían trabajo. No cree en política porque todos van con la idea de robar al pueblo. Pero él les apoyó por el empleo. Por buscar un buen futuro. Creía que dentro de las opciones políticas era la mejor onda. Y él trabajaba para los jóvenes.

El jefe de la banda, pese a todo, desmintió a Mr. Bean. No había argumentos ni tenía pruebas. Ahora Armando tenía que agarrarlo a golpes. A Mister Bean. Es la ley de las maras. Lo tenía que hacer a golpes. Pero Armando desoyó eso y pensó que todo estaba arreglado. Regresó a trabajar. De nuevo, a las dos semanas, lo mismo. Volvió corriendo otra vez. Ya era todo diferente. Ahora el jefe de la banda le dice que en una semana tiene que desaparecer del país. Si no lo hacía, ya sabemos todos lo que pasaría. El error de Armando, el mayor error, fue pensar que si se iba todos pensarían que era verdad. Admitiría que las acusaciones eran ciertas. Así se lo dijo a la abuela. Y se quedó.




Al finalizar el plazo, le rodearon y encañonaron. Pero escapó como pudo y se escondió en casa de su chica. En la casa de su morra estuvo tranquilo. Hasta que un presentimiento le hizo tirarse de la hamaca donde pasaba el día relajado. Empezaron a sonar los disparos. Empezó a correr. Era Mr Bean al que le habían dado 400.000 lempiras por matarle. Cuando Armando vio que se descargó la pistola del agresor fue a por él y se enzarzaron a golpes. Le quitó la pistola y le tocó chingarlo. Ahí se estropeó la cosa. Definitivamente. Ya sí que le iban a empezar a buscar todos.

Se fue a otra colonia con su primo. Todos andaban buscándole. Habló con su abuela para que tuviera las cosas listas porque iba a desaparecer. Tenía que desaparecer. Cuando está a punto de llegar, a una cuadra de la casa, vio a la gente que le esperaba. Conoce las motos, los autos, a ellos. Corrió. Su mejor amiga (era), le ayuda. Corren y se caen enfrente de los que le esperaban. Ella mira, como paran las motos y sacan las 9 mm. Se tiró encima de Armando a recibir todos los disparos. Le dolió. Muchisimo. Por cómo los niños de su amiga vieron todo. Niños de tres, dos y un años. Cuando fueron a cargar de nuevo ya corrió y desapareció hacia donde andaba escondido con su primo. Quiso ir al velatorio de su amiga pero le llamaron y le dijeron que no se asomara porque le esperaban allí. Eso le dolió muchísimo, no poder ir a despedirse y acompañar a la familia de su gran amiga, la que le había salvado la vida dando la suya.

Esa misma noche partió al departamento de Comayagua. Su primo le ayudó con el pasaje. En aquel departamento vive su mamá. Otro primo le dispuso en plan: Vente y no digas nada. Pasó dos meses trabajando allí bien discreto y escondido. Tranquilo. Pero de repente, a pesar de que había cambiado el chip y el teléfono, le llega otra llamada. Ya sabemos dónde estás y trabajas. ¿Dónde? Y sabían todo, direcciones y detalles exactos.




¿Cómo consiguen la información? ¿Cómo localizan rápidamente a alguien que no ha dado su número de móvil a nadie y que lo ha cambiado todo? No se lo explica del todo. Pero me dice como aparte de mara, los que iban tras él son narcos. De uno de los cárteles más grandes de Honduras. Con contactos en las más altas esferas. Sabían quién era, dónde estaba, y tenía hasta sus cuentas congeladas. Tres días después de ese primer aviso, fue al trabajo en bici y reconoció un coche tras él. Corrió, huyendo por callejones. No podían seguirle con ese gran carro. Desapareció. Pero llegó un nuevo momento. Primo, me voy...

Cuando va a viajar ve a furgonetas rodeando la cuadra. No podía salir y le esperaron una semana. Y no se iban. Hasta que un día le pareció que se habían ido. Aquí es mi chance, pensó. Y salió aprovechando la oportunidad. Sin dinero, con una pequeña mochilita. A buscar a su mamá por algo de dinero. Pero claro, a mitad de camino, en pleno centro, a media cuadra de un puesto de policía, le rodean y sacaron por las ventanillas cuernos de chivo para abatirle. Por suerte, no vieron que andaba cerca el ejército y se lió un tiroteo y escapó. Se lió todo de mala manera y para el fue suficiente para escabullirse. Consiguió dinero de su mamá y fue a la frontera de El Salvador donde trabajó durante dos semanas. Distinto chip y móvil. De nuevo la misma historia. La llamada.

Cada vez era más difícil ver opción de escape. Iba de familiar en familiar. Metiéndolos en problemas por su mera presencia, aunque no tuviera trato con ellos e hiciera tiempo que no tenía contacto. Ahora a su padre, que lo mandó a Tegucigalpa. Entró en un banco y retiró 300 dólares. Cuando salía de la sucursal vio que lo esperaban con camionetas un montón de gente armada. Rápidamente regresó al interior y lloró porque pensó que de allí, de aquella ya nadie le salvaba. Pero la historia de Armando está llena de golpes de fortuna, de giros inesperados. En este caso, una trabajadora lo vio llorar y se preocupó. Espérame que a ver qué puede hacer el jefe. Le pusieron unos carros blindados para sacarlo del banco por la salida de emergencia, por la parte de atrás. Le dejaron en Aguas Calientes, en la frontera con Guatemala. Le sacaron del país y se juntó con un hermano en la frontera con México. Un hermano que se quería ir al norte. La gente es increíblemente buena a veces, a pesar de este mundo tan terrorífico en el que estamos y el que hizo el favor de llevarle a la frontera, aún le dio 100 dolares más. Cuando simplemente haberse preocupado por él ya le puede haber supuesto problemas.



Ahí empieza una nueva dimensión en la historia de nuestro héroe. Por tierras guatemaltecas, rumbo a México y quizás más arriba. Con su hermano de compañero de viaje llegan a la capital de Guatemala, les asaltan y les quitan los 400 dólares que llevaban. Ya no puede regresar. Es una opción inviable. Su hermano tampoco quería volver y deciden seguir adelante aunque sea andando.

Llegan a Tecun Humán y comienzan los previstos ocho días para conseguir arribar al albergue de Arriaga. Pero antes de llegar secuestran a su hermano. En una estrambótica situación, se encuentran con un pollero, que les dice que a las seis de la tarde, cuando termine su trabajo, les regala unos pollos, cuando les sobren. Raro. Muy raro. Tienen hambre y se dedican a charolear (pedir) en las calles. Nunca va mal, se puede ir tirando, pero que un pollero (no un guía de migrantes, sino un hombre que hace pollos) les vaya a regalar algo, así por las buenas... Se decide a emplear el tiempo en internet, ya que el tema alimenticio, por muy raro que pareciera, estaba resuelto. Están en Pijijiapa. “Quedate aquí, con los amigos, voy a hablar a mami” le dice a su hermano. Pero al volver del ciber no encuentra a su hermano. El negocio de los pollos está cerrado. Asustado busca en la policía, pregunta en migración. Ni un reporte. Sin noticias. Dos días y nada. No puede hacer nada y decide seguir adelante para presentar una denuncia. Ahí se echa de enemigos a toda la familia empezando por su mamá.

Llega a Arriaga y toma el tren que sale para Ciudad Ixtepec. Aquí denuncia a Beto (coordinador del albergue) y a la fiscalía de migración. Con la denuncia encuentran a su hermano. Estaba con diecisiete secuestrados más. Bien “madreados” todos. Tuvieron a su hermano internado en el hospital durante una semana tras ello. No agarraron a la gente, solo liberaron a los migrantes. Su hermano traumatizado no quiere la opción de tramitar documentos y regresa para Honduras. Pero él se queda, no puede regresar. Además, no quiere. Le explican lo del refugio, que es posible por la denuncia, pedir asilo político en México. Su situación particular en Honduras le ayudará también. Le hablan de cuarentaycinco días hábiles para conseguirlo. Lo habitual, lo establecido.



Pero esta historia sería muy diferente si todo hubiera sido lo habitual o lo establecido. Cuando yo llego al albergue ya está desesperado. Con planes que van cambiando, con gente que va conociendo, con momentos mejores o peores. Pero desesperado. Le gusta trabajar, pero no esperar. Lo ha pasado chido en el albergue. Amigos de todos lados, morras... Diferencias también, muchas cosas distintas. Pero se desespera. Los papeles no llegan y cuando van a estar a punto vuelve a surgir un extraño problema ajeno a él y al proceso, y todo vuelve a empezar. Él se ríe a ratos, se siente bien en Ixtepec, pero cada vez es más Trixtepec, como mucha gente llama a la ciudad. Empieza a tener problemas por decir las cosas, porque la situación es difícil, porque el día a día le puede. La desesperación. Antes de esta época era raro que enfermara. Ahora cae enfermo a cada rato.

- ¿No tienes miedo aquí?
- Estoy pendiente. Sí. Siempre con los ojos abiertos.

No llama a Honduras. Nunca. Sólo habla con su abuela cuando está en Estados Unidos. Le extorsionaron por facebook y tuvieron a su familia encañonada. Si no regresaba los matarían. Afortunadamente, el Zorro -uno de los jefes grandes en Honduras- reflexionó y dijo que no se metieran con su familia. Con él lo que quisieran, pero con la familia no. Eso le da más tranquilidad, aunque no tiene contacto con ellos.

La historia de Armando es la historia de una persona en permanente tránsito. El estereotipo de la migración. En el 2010 fue la última vez que estuvo en EEUU. Le condenaron a un año y seis meses de prisión en Arizona por las deportaciones que ya llevaba acumuladas. Además de la “mamadita” de decirle al juez que era menor de edad cuando ya tenía 19 años. En 2001 hizo su primer viaje. Él solo, con diez años, pasó por Sonora. Cruzó el desierto. Llegó a Tucson, Arizona. Sin que su familia supiera nada hasta que llegó allí. Es precoz. Desde pequeñito trabajó. Vendiendo, de ayudante de albañil... Toda la vida trabajando y estudiando. Tanta precocidad me abruma y no acabo de creerla. Me pregunto como un niño de diez años se sube en el tren. Cómo sobrevive. Por qué lo hace. Quería ir donde su papá, al que no conocía. Preguntando se consigue todo, se ve cómo llegar. Pero, ¿Se llega? Cuando alguien como Armando se convence de algo, lo hace. Lo dice y lo hace. A fin de cuentas, “sólo” son veintiseis días entre Chiapas y Sonora. A los chiquitos la migración no les hace nada. En aquel tiempo era más tranquilo, no como ahora. Te podías caer, te podían robar... Pero no como ahora que te van a atracar seguro, que te van a matar si no sigues ciertas normas. Y si las sigues, pues depende de la suerte. Los días en los que hablabamos, el albergue cumple siete años. Cuando él subió a los diez años, no existía.

Es la primera vez que sube por aquí. En el 2006 sufrió su primera deportación por ir en un carro. Obviamente sin licencia ni nada. En un retén cualquiera lo pararon y se acabó la aventura. En el 2008 subió otra vez. Ya era diferente.Todo era más feo en el camino. No tan feo como ahora, porque te asaltaban y ya. No como ahora. Cruzó el desierto otra vez, pasó tres meses en Estados Unidos y llegó otra deportación. En el 2009 ya era realmente peligroso. Casi les matan en el camino. Les quisieron secuestrar. Por aquel tiempo los Zetas empezaban a controlar todo. Pese a todos los peligros volvió a llegar y se quedó en Arizona. La ley de migración entonces ya era más dura. Le sacaron del trabajo y le deportaron. Y el 2010. La última vez. La ya comentada. Tras dos meses en Arizona tuvo que cumplir con un año en una cárcel Federal y seis meses en la del condado. Le deportaron y sabe que en cinco años no debería subir más.

Y ahí empezaron los problemas. Todo lo que he contado antes. Todo su infierno en Honduras.

Pese a toda esta historia, pese a toda su trayectoria y sus condicionantes, un día se iba. Se iba del Albergue y quería regresar a Honduras. No aguantaba más aquí pero le convencieron para quedarse. Otra crisis la conocí yo. Vi la frustración. Aquella vez me ponía la excusa del dinero para ir a firmar. Estaba harto de comerse las inutilidades del proceso de regularización y encima no tener dinero para ir a firmar. Salvó la crisis y me sentí bien por ello. Fue la última que tuvo. Ya ha salido del albergue. Rumbo al norte. Sin prisas por cruzar la frontera. Va bien acompañado. Con un grupo de buena gente que ha estado largo tiempo en el albergue que se han ido esperando unos a otros para empezar la aventura juntos. Gente de esa que merece mucho la pena. Y yo me siento feliz por ello. Por ver sus fotos en México D.F., por verles encaminarse a sus sueños, a una vida mejor.



A Armando le frustraba ver gente que iba, regresaba, iba. Y él seguía en el albergue. Ahora ya lo ha conseguido y ha sido él que ha marchado, dejando un hueco muy difícil de llenar en el albergue.

Me dice que siempre le gustó la informática. Quiere sacarse ingenieria de sistemas. Entiende mucho. Desde chiquito ayudó en negocios de internet. Quiere trabajar y estudiar. Prefiere matarse trabajando que ir a robar. Fue lo que le enseñó su abuelita. La que está siempre pendiente. Su abuelita a la que se lo agradece todo. Si no tiene plata, no compra. No se enjarana por eso. Y nunca lo hará. ¿En qué no ha trabajado él? Sembrando milpa, cortando café, reparando celulares, de albañil...

Ahora mira atrás y ve como sus amigos están todos metidos en maras, en problemas, en mala vida. Pero lo entiende. Pocos se salvan de entrar. Pagar o cobrar, esa es la diferencia a la que pocos, como Armando, pueden resistirse.

Recuerda con pesambre muchas historias. Pero sobre todo lo que lleva encima y pesa mucho. Me dice que a Mister Bean no lo mató él. Me dice que quedó vivo, que es lo que él cree, pero lo remataron los mismos que le habían encargado ocuparse de Armando por no cumplir el trabajo. Muchos están muertos ya. Muchos se han matado entre ellos mismos...

Armando sonríe y me vuelve a llamar “Chaki”. Desde que me vio con el pelo suelto empezó a llamarme Shakira y eso se extendió como la pólvora por el albergue hasta el punto de que gente que empezaba a llegar, muy seria y solemnemente se dirigían a mí llamándomelo porque asumían que era así. Me dice “Chaki”, sonríe y nos empezamos a reír de alguien. Como siempre. Y a hablar de chicas. Como de costumbre. Y de planes de futuro...

¡Buen viaje amigo! ¡Nos vemos pronto, colocho!







jueves, 20 de marzo de 2014

Conversaciones pasadas





Quiero volver a casa.
¿Dónde?
A mi tierra.
Por qué no vuelves.
No puedo, ya no tengo casa.
Te la han quitado.
Me lo han quitado todo.
¿Y tu gente?
Si me ven de vuelta, con ellos, lo pueden pasar muy mal.
¿Por qué no puedes volver?
La situación por allí está muy mal.
¿El dinero? ¿El trabajo?
Todo eso, pero cosas más importantes.
¿Más importante que el dinero y el trabajo?
La vida. Mi vida allí no vale nada. Aquí al menos puedo hablar y sonreír sin miedo a que me maten o maten alguno de los míos.
En tu casa no puedes.
No.
¿Quieres ir para arriba?
No veo otra opción.



¿Te gustaría que todo fuera diferente?
Es imposible.
Ya no hay vuelta atrás.
No. Desde que apreté el gatillo por primera vez, nada puede ser lo mismo.
¿Por qué disparaste?
Era un crío. Era lo que tenía que hacer. Era eso o que me disparan a mí.
¿Ahora volverías a hacerlo?
No lo sé. Muchas noches no puedo dormir y pienso en ello. Aunque ya no tiene arreglo.
Tienes que mirar adelante, sin estar constantemente pensando qué pasó y qué pudo pasar.
Eso es muy fácil decirlo.
Sí, tienes razón.
Dicen que en tu tierra ahora hay nieve, ¿Es verdad eso?
Eso dicen.
Yo nunca vi la nieve.
Yo la veo todos los años, menos este que estoy por aquí.
¿Cuándo te vuelves?
Pronto.
¿Tú no quieres ir a EEUU?
No, no se me ha perdido nada allí.
Vosotros en Europa vivís bien, ¿Verdad?
Se vive como se puede.
¿Y tu familia?

Bien, gracias.





(O algo así era...)



sábado, 15 de marzo de 2014

Se parece a Craig Hodges



Se parece a Craig Hodges. Aquel jugador de los Chicago Bulls que pasó a la historia por ser un triplista consumado. Ganó tres concursos de triples de manera consecutiva, cosa que sólo había conseguido el gran Larry Bird, 1990, 1991 y 1992, logrando enchufar hasta diecinueve triples consecutivos en el concurso del 91, lo que es un récord aún vigente. Fue apartado de la competición por sus ideas musulmanas, según contaba. Llegó a ser tan relevante como triplista que hasta llegó a competir en un concurso sin camiseta de equipo al no pertenecer a ninguno, pero no creo que este sea el lugar de hablar del bueno de Craig, que últimamente va y viene con Denis Rodman a hacer sus bolos por Corea del Norte.



Todo esto va de mi tendencia a encontrar a la gente parecidos poco razonables y con personas extrañas. Todo es por partir de algún sitio. Podría partir de cuando Craig (le llamaremos así aprovechando mis tonterías) miraba mi pc aburrido, para ver qué hacía, y le propuse que me contara alguna historia y dejaría lo que estaba escribiendo por él. Empezó rápidamente a narrarme la historia de un hondureño que con cien lempiras apareció en la frontera entre Guatemala y México con todas las dudas del mundo sobre si debía continuar su viaje. Le daba miedo todo. En ese momento fue consciente. No tenía nada claro. Seguir o regresar. Conformarse o luchar. Tiempo antes había decidido poner rumbo a EEUU. Como tantos otros, con la cabeza llena de ilusiones y propósitos. Pero tuvo miedo. Dudó. Era tanto lo que sabía de lo duro, difícil y peligroso del camino, que dudó.

En ese momento lo paré. Me estaba escribiendo él la historia. Me estaba contando un cuento. Le propuse que me contara más, que platicáramos y yo haría la historia.

- Pero no me venderás a los zetas, ¿No? - me dijo.

- No. No me gusta hablar con los zetas. Yo también tengo que perder con ello. Todo lo que escriba no se sabrá que eres tú. Sólo tú y yo. Y podemos contar sólo lo que tú quieras que contemos.

Mentí. Le invité a un refresco de durazno y le prometí cigarros para hablar con tranquilidad. El durazno es como el melocotón en España. Por aquí se toman muchos jugos de muchísimas frutas. La única diferencia es que el jugo más puro que hemos encontrado tiene un 16% de zumo de la fruta. Lo demás son refrescos azucarados. Incluso el de 16%. Esta, junto a las Coca-Colas de dos litros y medio y la tendencia a tomar taxis para recorrer doscientos metros, son mis aportaciones a la explicación de la obesidad mórbida que sufre un altísimo porcentaje de la población mexicana.


(Nota mental: Dejar de dar tantas vueltas a las cosas y centrarme en contar las historias tal y como se debe, sin buscar parecidos razonables o razonamientos sobre azúcares y masas corporales)


La historia continúa cuando se detuvo en Tecún Umán, en la frontera de Guatemala con México. Se encontraba indeciso por tantas circunstancias que marcaban su vida. No hacía más que plantearse si regresar o seguir su viaje. Por muchas cosas. Por lo peligroso. Porque le daba miedo tanto que hablaban de los zetas. A pesar de ser un luchador nato. Antes de emprender el camino peleó por sus tres hijos. Ahora tiene que ayudarles. Y a su mamá. La madre de sus hijos ya no está. No quiere hablar de ella. Peleó por tenerlos y ganó a nivel legal. Ella se iba al camino malo, con otra persona. Por eso cosiguió tenerlos. Por ellos siguió y sigue peleando.



Empezaron el viaje y en Comaztitlán los asaltaron. A punta de machete y pistola. Pero siguieron. Eso no es raro. Lo raro es a quien no lo asaltan. Esa es la rareza. Siguieron pueblo a pueblo. Iban con la idea de tomar el tren en Arriaga pero la policia municipal les secuestró antes de cogerlo. A los once que iban. Los tuvieron un día entero retenidos. De allí a Arriaga. No me cuenta mucho del secuestro. Tiene confianza en mí pero hay cosas de las que, consciente o inconscientemente, evita dar detalles. Yo tampoco incido mucho. Tanto tiempo en este Albergue, tantas conversaciones, tantas historias, me han hecho comprender que hay detalles que empañarían una buena historia y otros que le darían lustre. El reto es reconocerlos. 

Hicieron una travesía de cuatro días y medio caminando, para luego pasar diecisiete días en el Albergue de Migrantes de Arriaga. Allí pusieron la denuncia. Tras esos días arreglaron papeleos y abordaron el tren. Ya sólo ocho de los once que salieron, porque tres no quisieron seguir esperando a terminar el trámite de la denuncia. Se volvieron. Como tantos otros. Como tantos que no denuncian. Como tantísimos que no confían en nada. Y mucho menos en la justicia. ¿Quién va a confiar en la justicia de un país en el que cuando se libran de delicuentes y bandas organizadas les secuestran, atracan o extorsionan funcionarios públicos encargados de guardar el orden? Desde el dieciocho de enero está aquí. En el Albergue “Hermanos en el Camino”. De los tres que volvieron, sabe que se fueron con gente que les prometía seguridad. A día de hoy sólo sabe que uno fue deportado a El Salvador y otro, menor de edad, está reclamado por el gobierno de EEUU. No sabe más.

Actualmente espera los papeles mexicanos. En el fondo, haber sufrido y tener arrestos y paciencia para denunciar le facilita las cosas. Me pregunta que si con los papeles, si se le da, puede conseguir la licencia para manejar. Evidentemente le contesto que no tengo ni idea, pero que supongo que sí.

Nos interrumpen en el relato. Alguien que quiere hacer negocios con nosotros. O con él. A los voluntarios nos proponen cosas, pero no es lo común. Quizás sí a mí que transmito un rollo un tanto malote que les hace con el tiempo confiarme cosas que con otros no hablan. De los dos que vienen, me dice Craig que es uno de los que le acompañan desde la salida y que puede contarme también sobre el camino y su historia. El otro viene a vender unas zapatillas Nike. Le veo los tatuajes. No me suena haberlo visto antes. Al menos, así, sin camiseta. Me hubiera fijado. Tiene el 13 tatuado en el pecho. Tenemos una extraña charla sobre negocios, buscarse la vida y ventas y compras. Parece que no hay negocio. Hablamos de sus tatus pero no mencionamos el 13. Yo nunca lo haría, pero veo que ellos tampoco lo hacen. Aunque mi inconsciencia e ingenuidad me haya jugado malas pasadas estos meses, tengo límites. No menciono el evidente 13 que le ocupa todo el lado izquierdo del pecho. La teta. Se nos va tras un rato de conversación sobre el significado de varios de sus tatuajes. Pero nadie menciona el 13. Como si no existiera. Y se va. Nos quedamos los tres, y hablamos de la 13. De que lo más facil es entrar que estar fuera. Craig pudo entrar. Estuvo a punto. Solo porque Dios no quiso. Era inevitable hablar de ello. El tatuaje era evidente y ninguno lo mencionó aunque estábamos hablando de tatuajes.

Craig tiene un tatuaje de un cuchillo con unas letras en el antebrazo. Me cuenta que se lo hizo para rectificar un tatuaje de X y Y que borra y se queda en cuadrado M T (sus iniciales). Algo típico de amor y rectificación posterior. Se hizo el cuchillo para acompañar las letras. Tampoco pregunto más

Como hemos dicho antes, quiere papeles. Quiere estar aquí con papeles porque el gobierno les debe algo. Les secuestraron y robaron, tienen todas las posibilidades. Su ideal es encontrar un lugar aquí donde esté más tranquilo que en Honduras.



En Honduras, su tierra, vivía en una zona MS. En una zona controlada por la Mara Salvatrucha. Encontró trabajo en una empresa de autobuses que aunque era de aquella zona, se movía por zona no MS. Eso es un problema. Y le dijeron que no podía seguir haciéndolo. Era cuestión de tiempo que todo se complicara. Se complicó y le despidieron. Cuando le echaron pidió la voluntad al jefe, el finiquito, algo justo, y le quiso engañar. Craig no se dejó engañar y llevó a su jefe al Ministerio de Trabajo, le pagaron lo que era justo pero le dijo que no volvería a trabajar en empresa de transportes. Evidentemente, volvió a buscar en otro sitio pero le dijeron que no. Ya no trabajaría más. Porque todos sabían que cuando se fuera o lo echaran les llevaría al Ministerio de Trabajo.

Ahora ya tiene la mente más despejada. Quiere conducir y cuando tenga posibilidad traer sus hijos y mantenerse aquí.

- ¿Por qué tienes miedo? No has tenido problemas.

- He visto como a las mamás les piden dinero por el celular mientras torturan a sus hijos. Los Zetas lo controlan todo. El tráfico de drogas, de personas.

Tiene miedo. Él no ha tenido problemas con nadie, pero sabe lo que pasa. No quiere que pase nada. Su mamá está mayor. Me habla de su tierra. Su desangrada y desgarrada tierra. Todas las zonas, todas las colonias en Honduras son MS o 18. Las zonas que no son de ninguna aún, son las más peligrosas. Él tiene miedo por su madre y por sus hijos. La mayor quince años, siete la siguiente y el pequeño uno y medio. Tiene miedo por ellos, porque ahora ya no es como antes. Tiene un hermano que los puede proteger porque no tiene vicios ni está metido en nada malo. Pero sabe que los problemas son cuestión de tiempo.

- La hija de fulano ya creció. Igual quiere por las buenas o por las malas.

Nos callamos.

- ¿Por qué eres tan jefe aquí? Creía que llevabas más tiempo.

- Una de mis virtudes. Preferir amigos a enemigos. Aunque no te puedes fiar de nadie.




Discutió con su tío. Uno de los once que subieron. Le dijo que si le veían como un estorbo no subía con ellos, no había problemas. Alguien escuchó la discusión y le ofreció subir con él porque conoce el camino. Y al momento preguntó por su familia. Le intentó convencer que EEUU está bien ahora. Él le dijo que no tenía intención de subir, ni dinero para pagarle. Pero le insistió en que tendría familia arriba o abajo que le pagara. No le interesaba, se lo hizo ver, y el bato ya no quiso seguir hablando. No había negocio...

- No te puedes fiar de nadie.

Una vez le escucharon que pidió dinero. Una práctica habitual en el Albergue. L@s migrantes piden dinero por teléfono o mensajes a algún familiar o contacto y l@s voluntari@s lo recogemos del banco con la mayor de las discreciones. Pero al tanto estaban. Y le ofrecieron llamar a EEUU fuera del albergue para que pidiera tranquilamente dinero, sin problemas. Le ofrecieron dinero cuando dijo que no tenía quién le ayudara. Le ofrecieron casi lo que necesitara. Rechazó toda “ayuda”, vinieron tensiones, le miraron serio y no quiso seguir platicando.

Me habla de un personaje del albergue. Conocido. Con mucho tiempo aquí. Alguien que le pregunta. Con el que ha platicado mucho. Se interesan por los tatuajes. Y cuando tomaron confianza le ofreció números para entrar en la pandilla. Nueva decepción. Su impresión incial sobre aquellos tatuajes era cierta. No se puede fíar de nadie. Me lo cuenta como ejemplo porque sabe que sé quién es del que me habla y porque me ha visto muchas veces bromear y en buena onda con él. Pero Craig tiene que estar ojo avizor. Siempre alerta. Sin fiarse. En cualquier lado salta la liebre. Si él se desvía de su camino sabe que no podrá dar a sus hijos lo que quiere darles. Se va dando cuenta. Poco a poco. Aunque le guste estar con todos.

Hablamos de todo un poco. De mí y mi circunstancia. De lo divino y lo humano. Y en lo divino veo filón. Aunque es él quien se lanza a ello. A hablar de Dios y de todo lo que conlleva. Me cuenta por qué ayuda al Señor Abad, el Testigo de Jehová que tiene el puesto fuera. El Señor Abad es una persona que por la mañana y por las noches, con una bicicleta con un gran armatoste a modo de puesto y un pequeño techo, se coloca en la puerta del Albergue. Vende cafés, avenas, tortas, panes... Tiene una amplia clientela. Hay much@s migrantes que desayunan y cenan en su puesto. Incluso yo he probado muchos de sus productos. La gente se fijan que platican mucho los dos. Que se llevan bien y tienen confianza. Y le piden que saque una avena, un algo...
No puede morder la mano a quién le está quitando el hambre.

Me cuenta cómo es su relación con el Señor Abad. Recuerda que le asaltaron, antes del secuestro de la policía. Llevaba un celular que le regalaron en Guatemala cuando trabajó dos años. Un buen móvil. En el asalto no sabe cómo pero no se lo encontraron. Se lo comentó a Don Abad. Que era lo único que tenía ya. Don Abad se lo puede vender.

- ¿Qué es lo que usted quiere por él?
- Ando con hambre.
- Yo se lo vendo o se lo empeño...

Él optó por la opción de empeñarlo. Don Abad le dio dos tortas y una avena. Es poco, pero quedatelo. Le dio dinero cuando le mandaron. No le cobró. Desde ahí empezó con confianza. Dice que es de fiar. El Señor Abad confía y se fia de la gente. Lo deja en las manos de Dios. Aparte de las Manos de Dios, yo añado que he visto cómo Don Abad tiene una libreta en la que va escribiendo qué toma cada uno, para saber qué y quién le consume. Esa libreta ahora la escribe Craig. También he observado cómo Don Abad pide el tícket de estar permanente o no en el Albergue a la hora de fiar o no a l@s migrantes, pero eso no lo digo.

Le ha invitado a que vaya a la iglesia con él. Él está alejado de la Iglesia. Cuando salió de su país se apartó de todo eso. Hablamos de la religión, de la iglesia, del Padre Solalinde. De cómo debería ser la iglesia y de cómo alguien que no lo necesita se juega la vida por ayudar. Sus palabras son una mezcla de desencanto e ilusión por las personas. Agridulces y esperanzadas a la vez.


(ELIPSIS TEMPORAL)




Tiempo después de nuestra primera plática me pide el pc para descargar música cristiana. Sólo música cristiana. Se ha convertido en un personaje en el albergue. De los que ayudan, los que siempre están. A los que les puedes pedir que te echen una mano en todo. Los que arriman el hombro incluso antes de que nadie lo demande. Se despierta de madrugada y reparte jabón y papel higiénico a l@s que llegan en el tren, mientras l@s voluntari@s los registramos y acomodamos... Una mano menos que aportar l@s que estamos para ello, que nunca sobran. Una sonrisa más que dar, que siempre se agradece. Escucha la música cristiana y tiene conversaciones con las monjas. Parece que en unos días, la tranquilidad del Albergue le está haciendo recuperar ciertas cosas que me decía perdidas. Me tiene confianza. Me habla con franqueza. Me cuenta un secreto a voces que hay por aquí. La francesa que pasea y pulula por las instalaciones haciendo uso de ellas, dejó caer su teléfono frente al puesto del Señor Abad en la noche. Un pariente suyo lo recogió y tiene intención de quedárselo. Él se ha disgustado mucho por ello. Quería contármelo. Quería liberar su conciencia. Conmigo. Aunque no lo necesitara. La francesa quizás (o no) recupere su celular, pero la relación de Craig con sus parientes no va a ser la misma por expresar su manera de ver las cosas y estar aquí.




Son cosas que pasan. Son días que fluyen. Vidas que se van diseñando a la espera de una huella que les deje fluir más o menos libres por México. Una huella que le permita sacarse la licencia de conducir y encontrar un trabajo en lo suyo. Una huella que ponerla en un papel y una tarjeta es el paso clave. Para que el día menos pensado, si alguien va por México y sube a un bus o una combi y se encuentra a alguien muy simpático con una gran sonrisa que se parece un poco a Craig Hodges se acuerde de esto que está leyendo aquí y sepa que es una gran persona.






martes, 11 de marzo de 2014

La Lu(ch/n)a es el único camino

Hace tiempo vi una pintada en una pared: “La luna es el único camino”. Me pareció algo arrebatadoramente hermoso, sobre todo en estos tiempos donde lo estético o lo poético está tan desvalorado. Al acercarme a ella me di cuenta de que mi miopía, o quizás mi exceso de imaginación, me había gastado una mala pasada y que la pintada realmente decía “La lucha es el único camino”.



He recordado todo esto al llegar a España. El proyecto en el Albergue “Hermanos en el Camino” ha llegado a su fin para mí, allí en Ciudad Ixtepec. Queda tarea y un tiempo en el que seguiremos conectados con las labores y con este mismo espacio donde restan varias historias que contar. Pero ya he vuelto. Y no puedo decir que tuviera muchas ganas de hacerlo. Sí, llega el calor terrible a aquella zona, la rutina empezaba a hacerse latente en muchas de nuestras acciones, el día a día comenzaba a ser  más conocido de lo conveniente para mantener la ilusión a tope, la gente que me quiere por aquí demandaba cada vez más mi presencia... Pero no. Sinceramente no tenía demasiadas ganas de volver.

La lucha que me transmitían l@s habitantes del Albergue cada día es algo que tendré presente durante mucho tiempo porque no había recibido mejor lección de ello antes. Pero también la luna. El cielo de Ixtepec es limpio como pocos  he visto. La luna está acostada, no como aquí que es una mentirosa que cuando tiene forma de “C” decrece y cuando la tiene de “D” crece. Allí no miente porque está acostada y nunca sabía si crecía o decrecía. La lucha por los sueños se reflejaba en una luna relajada y clara que no me mentía porque no era capaz de sentirme con fuerzas de preguntarle nada.



Decía Gabriel Celaya que la poesía es un arma cargada de futuro. Allí la lucha no deja tiempo para la poesía. Aparentemente. Eso creía. Eso creí mucho tiempo. Pero no hay nada más poético que perseguir los sueños, por muy duro o imposible que parezca alcanzarlos. Y en el Albergue la gente no hace otra cosa que eso. Luchar. Buscar la luna.

Hoy, simbólico 11 de Marzo, me despertó de la realidad mezquina de este lado del charco, una poesía en el facebook. Una poesía de Christian Bresciani:

"Yo estaba en el invierno de mi vida
Y los amigos que conocí a lo largo del camino fueron mi único verano.
Por la noche me quedaba dormido con visiones.
De mi mismo bailando, riendo y llorando con ellos.
Tras largo tiempo de escapar de mi realidad.
Y mis recuerdos que tenia de ellos eran las únicas cosas que me sostenían.
Y mis únicos momentos felices en realidad.
Yo era un poeta, que una vez tuvo el sueño de convertirse en un bello poema.
Pero después de una serie de desafortunados eventos.
Vi esos sueños truncados y dividos como un millón de estrellas en el cielo por la noche.

Que yo hubiera deseado una y otra vez, brillantes y resplandecientes.
Pero realmente no me importo.
Porque yo sabia que se necesita conseguir todo lo que una vez deseaste.
Y luego perderlo para saber que es la verdadera libertad.
Cuando la gente que conocía se enteraba de lo que había estado haciendo.
De como había vivido, me preguntaban el porque.
Pero de nada sirve hablar con gente que tiene un hogar.
Ellos no tiene ni la menor idea de lo que es buscar seguridad en otras personas.
Por un hogar donde poder recostar tu cabeza.
Siempre he sido un tanto inusual.
Mi madre me dijo una vez que tenia un alma de camaleón.
Sin brújula moral que apunte directamente hacia el norte.
Sin personalidad fija.
Solo una indecisión interior que era tan ancha y tan vacilante como el océano.
Y si dijera que no tenia intención de convertirme de esta manera estaría mintiendo.
Porque yo nací para ser alguien mas.
No tengo nada pero indudablemente lo deseo todo.
El que tuvo y lo perdió todo y por sobretodo el que no se arrepiente de nada.
Con una quemadura por cada experiencia. Y una obsesión por la libertad.
Me aterrorice hasta el punto de que ni siquiera podía hablar.
Y me empujo hacia un punto nómada de locura que me deslumbro y mareo.

Todas las noches, solía rezar a un Diosito para encontrar mi gente.
Y finalmente fue así. En el camino abierto.
No tenemos nada que perder, nada que ganar.
Nada mas que pudiéramos desear.
Excepto hacer nuestras vidas una obra de arte.
Vive Rápido.
Muere Joven.
Se Salvaje y diviértete.
Creo en la persona que puedo llegar a ser.
Y mi lema es el mismo de siempre.
"Creo en la bondad de los extraños"
Cuando estoy en guerra conmigo mismo.
¿Quien sos vos?
Estas en contacto con todas tus oscuras fantasías.
¿Has creado una vida para vos mismo donde sos libre para experimentarlas?
Yo si Ya estoy loco hasta la mierda.
PERO SOY LIBRE."



Christian es una de las personas que más me ha aportado estando allí. Es un caso diferente, casi único. Es una persona culta e inteligente. Sobre todo, muy inteligente. Sensible y amable. Con curiosidad por todo. Y muy, muy grande (en todos los sentidos). Christian es capaz de reírse y estar al nivel necesario con cualquiera. Y cuando digo con cualquiera, quiero decir con cualquiera. Sigue enganchado en el Albergue. Esperando poder seguir camino. A algún sitio donde sentirse bien, donde verse útil, donde poder continuar la vida. Se dedica a dar cariño combinando los escasos materiales disponibles para hacer las comidas el fin de semana. Lucha porque cada vez sea mejor. Lucha como tod@s y más. Pero lucha y mira la luna. Porque la luna es la mejor excusa para luchar.

Una de las mejores lecciones que se puede aprender en el Albergue “Hermanos en el Camino” es que la Lucha es el único camino. Y desde el Albergue, se ve una Luna que da sentido a casi todo tipo de Lucha...



B.S.O.: "La Poesía es un arma cargada de futuro" (Paco Ibáñez)